miércoles, 11 de mayo de 2016

Sublime y peligroso dulzor

Pocas cosas fuerzan tanto a nuestro páncreas y a nuestros adipocitos como el azúcar. Pero el caso es que el dulce está tan asociado a la fiesta y a la recompensa que es casi un sinónimo de felicidad.
Como la vida sin dulzura se antoja larguísima, pero con diabetes y obesidad se acorta y complica, parece que hay que poner cierta racionalidad a la ingesta de sacarosa.

Dulces alternativas:
Fruta sólida, vainilla, canela, zanahoria, calabaza, cebolla caramelizada, boniato...

Evitar bombas de azúcar:
Galletas, refrescos azucarados, cacao soluble, zumos, bollería, repostería, lácteos azucarados, chocolatinas, snacks...

Alternativas saladas:
En lo salado hay un mundo de placer que ya conoces o puedes descubrir con facilidad.

No hay nada más eficaz para reducir la ingesta excesiva de azúcar que dejar de ser una adicto al dulce, es decir, reeducar el paladar y educar a los niños, en una  alimentación esencialmente no dulce.
Quienes sustituyen el azúcar por miel, azúcar de coco, azúcar moreno, sirope de arce.. o por sacarina, ciclamato, acesulfamo k, aspartamo, sucralosa, stevia... resulta que siguen siendo dulzoradictos y obtienen escasos resultados.

Las etiquetas de light, desnatado, sin azúcar, 0%grasa... suelen esconder elaboradas combinaciones, de edulcorantes naturales en los desgrasados y grasas en los sin azúcar, cuya cuenta final es dudosamente lo que el consumidor supone.

En resumen: Azúcar, sí, a diario, quizás, en las actuales cantidades, no.





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